Publicado 09/02/2012
Gonzalo H. Vallejo A.
El modelo educativo chileno actual incluido el pensum universitario, legalizado de manera fraudulenta por la dictadura a través de la Constitución de 1980 y sus reformas (“El Pinochetazo”), es injusto y oprobioso.
Según la BBC Mundo, Chile ocupa el puesto 10 en el planeta en desigualdad y extrema pobreza. Sólo el 25% del sistema educativo es financiado por el Estado y consagra un 4.4% del PIB a este rubro (Colombia 13.9% del PIB, 7% recomienda la UNESCO).
La mayoría de las 60 universidades chilenas son privadas. Allí los estudiantes pagan entre 250 y 600 euros mensuales (el salario mínimo es de 300 euros y el sueldo promedio menos de 800). El 70% de los estudiantes acude a un infame y usurero crédito financiero lo cual agrava el alarmante grado de deserción estudiantil (65%).
Un sistema perverso como éste obliga a la educación a dejar de ser un factor de movilidad social para convertirse en clave reproductora de desigualdad, frustración y resentimiento y reabre una herida purulenta insanamente cerrada por los gobiernos que regentan el Palacio de la Moneda desde el fin de la dictadura (1988).
Lejos del usual maniqueísmo, la ola de indignación neoliberal y el culto iconográfico a su líder Camila Vallejo Dowling (23 años), presidenta de la Federación de Estudiantes de Chile (FECH), figura mediática de la movilización callejera, la gesta estudiantil chilena debe entenderse desde una perspectiva sociohistórica y política sin dejar de reconocer la fuerza que su equipo de trabajo ha impreso al movimiento y la claridad de un discurso que ha generado marchas multitudinarias y un descenso en la popularidad del gobierno ultraderechista de Sebastián Piñera (26% según la encuesta CEP).
Son aspectos relevantes, entre otros, sus peticiones (reforma constitucional y tributaria, renacionalización del 70% del cobre en manos de las multinacionales); el apoyo masivo, firme y unitario de estudiantes de todos los niveles (“Rebelión de los pingüinos”, 2006), profesores, asociaciones de padres, ONGs, sindicatos y gremios populares; el carácter democrático y participativo de sus discusiones y decisiones; el renacimiento del ideal gramsciano del intelectual orgánico; su fascinante estética de la rebeldía expresada en una creatividad sin precedentes en sus mítines callejeros; el uso de las nuevas tecnologías; su repudio a la vetusta y oligárquica clase dirigente y el rechazo a la mediación por parte de los políticos y la Iglesia.
Esta estrategia yudoka (“derribar al oponente usando la fuerza del mismo”), lo diferencia de las primaveras árabes, movimientos que han sido permeados por la clase política y/o las élites financieras. “Desde los días del Subcomandante Marcos no ha habido un liderazgo rebelde que haya fascinado tanto a Am. Lat. Esta vez no hay pasamontañas, no hay pipa ni pistola, sólo un anillo de plata en la nariz” (“The Guardian”).
Los estudiantes y el pueblo chileno evocan las últimas palabras de su inmolado presidente Salvador Allende (11 de sptbre de 1973): “Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”.
ASAMBLEA NACIONAL POR LOS DERECHOS HUMANOS CHILE
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